
Ayer estuve en la inauguración de AND PRAXIS, en el NEWART Centre de Reus, grabando un reportaje. Salí con la sensación de haber visto, en una sola sala, la memoria de cómo el arte aprendió a hablar con las máquinas.
La exposición reúne a más de treinta pioneros del arte de los nuevos medios, en memoria de Vicente Matallana, director artístico del centro. No hay comisario: cada artista eligió la obra que quería que lo representara, bajo el lema «non-curated but worked with love». Algunas piezas se han rehecho para la ocasión, y eso ya cuenta mucho de qué va esto.

La sala es pequeña, pero cada pared pide detenerse. Pantallas de todos los tamaños encendidas a la vez, con imágenes que parecen venir de mundos distintos, y una mesa central que proyecta un mapa de las obras y de cómo se conectan entre sí. Es una conversación de décadas ocurriendo a la vez.
Y hay nombres que han escrito la historia del género. Stelarc llevó el cuerpo humano más allá de sus límites con su mano robótica, y aquí se muestra su HAHA. Jeffrey Shaw, que convirtió el cine en un espacio que se recorre. Christa Sommerer y Laurent Mignonneau, que hicieron de la vida artificial una experiencia que se toca. William Latham, que hizo crecer formas orgánicas con algoritmos mucho antes de que existiera lo que hoy llamamos IA generativa. Ernest Edmonds, que lleva décadas pintando con reglas y código. Paul Sermon, que propone con Homo Telematicus conectar a personas de diez países en una misma escena.

Lo más fascinante es la variedad: arte telemático, interactivo, vida artificial, bioarte, arte generativo, realidad virtual. Hay desde una visualización científica hasta un perfume pensado para robots. Y es sobre todo un arte hecho para quien se atreve a mirarlo despacio, porque pide atención, y a veces participación.
Pero lo que más me interesó no se ve en la sala. Estas obras dependen de máquinas y programas que caducan: un equipo que hoy funciona, en diez años puede no arrancar. El NEWART Centre, que impulsa la NEWART Foundation y que preside Andreu Rodríguez, se dedica a algo poco vistoso y muy necesario: documentar, conservar y reactivar obras amenazadas por la obsolescencia tecnológica. La exposición funciona como un archivo vivo. Un museo que no solo muestra: también cuida, repara y mantiene en marcha lo que de otro modo se perdería.

Salí de allí contento, de verdad. Llevo muchos años trabajando con imagen y sé lo poco habitual que es encontrar una propuesta así, cuidada hasta el último detalle y hecha desde la iniciativa privada. Lo digo porque me devuelve la confianza en que todavía hay quien apuesta por cosas bien hechas y con alma. Quien tenga ocasión, que pase por Reus.
Todos los artistas y obras, y la información para visitar la exposición, en newartcentre.es.